Gabriel Lara León

Queridos Compas,

Tenía muchas ganas de compartir con ustedes lo que desde la posición en que me encuentro se empieza a experimentar y a nombrar como un momento histórico. Llegué a Nueva York hace un par de meses, y desde entoncés he estado participando en el movimiento de Occupy Wall St. (OWS). Para quienes no lo conocen, está inspirado en lo que se ha denominado la “primavera árabe” y en los “indignados de España”. Se trata de un movimiento de generación espontánea, que no surge ni de los sindicatos, ni de las iglesias, ni de sectores organizados, sino del ciudadano común que empieza a encontrar su voz política. OWS es una de las más de 200 ocupaciones o manifestaciones que desde 2011 están surgiendo alrededor del mundo, con la particularidad de que se produce en el corazón del sistema capitalista. Quienes participan en estas manifestaciones, se identifican como el “99%,” se caracterizan por ser estructuras horizontales, que toman decisiones bajo el modelo de consenso, acampan en espacios públicos, y utilizan la tecnología como mecanismo de expansión, coordinación y cooperación.

También tienen en común, con variaciones de grado, fuertes cuestionamientos a la ilegitimidad de los sistemas de representación y las desigualdades que se derivan de la economía de corte neoliberal (privatizaciones, gobiernos al servicio de los capitales de las grandes corporaciones). En el caso concreto de Estados Unidos, el detonante es la crisis económica que comenzó en 2008, y la insatisfacción generalizada tras tres años de gobierno de Obama en los que la esperanza de lograr cambios sociales a través del sistema de representación política actual ha quedado prácticamente sepultada.

Y aunque ni estos cuestionamientos ni las condiciones estructurales que los generan son nuevos, pues han sido reivindicados en el tiempo desde diferentes ángulos por diversos movimientos sociales como el  zapatista, algunos de ellos también de escala global, como el movimiento Antiglobalización; las “Ocupaciones”, al parecer encarnan la posibilidad real de poner en el centro del debate público, los reclamos de aquellas voces que hasta ahora habían tenido incidencia de manera muy limitada. Una explicación posible es que ahora más que nunca la desigualdad y el desequilibrio del mundo son evidentes e irrefutables, al punto de que nuestra propia sobrevivencia como especie está amenazada. Lo otro es que esta vez quienes están movilizándose principalmente son sectores que se suponía no hacían parte de procesos de exclusión, como los ciudadanos blancos de zonas urbanas “desarrolladas”. Eso ha hecho que la pregunta de a quién le sirve este sistema surja y llegue a nuevas capas de la sociedad. Aquí en términos coloquiales se dice que OWS está cambiando “el tema de conversación” de la gente.

Por otra parte, como ocurre con los movimientos estudiantiles de Colombia y Chile, las ocupaciones empiezan a surgir y a tener eco con una fuerza inusitada, que no se vivía, en el caso de Estados Unidos, desde el movimiento por los derechos civiles, o los movimientos feministas en los años 60. Y aunque podría decirse que aun no es muy significativo el número de personas involucradas en estas manifestaciones, alrededor del mundo, como para generar un cambio sustantivo a nivel global; por la velocidad con la que empiezan a esparcirse, y en lugares tan disimiles como USA, Nigeria o Corea del Sur, todo parece indicar que están dadas las condiciones sociales e históricas para un salto colectivo hacia un mundo más consciente de su relación con la vida y su entorno. Un mundo que comienza a activar de nuevo su instinto de sobrevivencia, y más aun, a preguntarse por qué tipo de supervivencia quiere llevar.

Es muy emocionante estar acá presenciando este despertar. Se habla de que hacemos parte de un sistema de vida, de reconocer que no somos el centro del universo sino un eslabón más de la cadena, y que nuestro destino está indefectiblemente atado al de las demás especies. Se invita a recuperar el cordón umbilical con la tierra, a recordar lo que somos, a regresar a nuestra humanidad. Se comienza a asumir las luchas de los otros como propias, y a percibir el poder emancipatorio de la cooperación, en lugar de la competencia de unos con otros. Quizá  solo si nos tomáramos el trabajo de indagar más en lo que somos, sabríamos que cada uno tiene un lugar y que no es necesario competir por ocupar otro, por el contrario, un ejercicio de cooperación se enriquecería de nuestra singularidad y nos permitiría avanzar en términos colectivos

El que las ocupaciones se asuman y construyan de manera horizontal, lleva implícito un nivel de conciencia y de aprendizaje en el que comenzamos a comprender los niveles de interdependencia de unos con otros, y la aceptación de que para avanzar en términos individuales y colectivos necesitamos caminar juntos, sin que nadie se quede atrás. Se suelen usar metáforas como que todos estamos en el mismo barco, y que si el barco se hunde todos nos hundimos, como de hecho está sucediendo. Se invita a preguntarnos qué estructuras de poder se reproducen a través de nosotros, y cuáles funcionan con nuestro consentimiento pasivo. Se oye a miembros de las iglesias diciéndole a colegas de diferentes comunidades de fe, que tienen el deber moral de transgredir sus propias jerarquías, de reconocer que no tienen todas las respuestas, y de revisar y cuestionar en qué se basa su estatus social, porque también son parte del problema.

Quienes son espectadores y miran desde afuera lo que está pasando, asocian la horizontalidad con desorden y falta de estructura, reclaman líderes y demandas plenamente identificadas. Quienes participan activamente, dicen que están cansados de que otros hablen por ellos y que cada uno debe ser el líder de su propia vida, entendiendo el impacto colectivo de sus decisiones individuales. En cuanto a las demandas, el movimiento tiende a descentralizarse por barrios como ya está ocurriendo en España. Los barrios son los lugares donde realmente se encarnan las problemáticas que se discuten de manera más abstracta en el grupo que comenzó acampando en Wall St., la tendencia es que la gente empiece a organizarse alrededor de las problemáticas que comparten localmente. Y sin embargo, hay grupos de trabajo que discuten sobre problemáticas más globales relacionadas con temas de justicia social, economías alternativas, empoderamiento, educación, soberanía alimentaria, etc.

Quizá el concepto que más llama la atención de todo lo que se menciona, es el de despertar nuestra imaginación política, el de comenzar a imaginar el mundo en el que queremos vivir, y recordar que el actual también es producto de nuestra imaginación, solo que lo hemos normalizado al punto de considerarlo como el único mundo posible. En efecto, parece no haber nada legítimo en los gobiernos excepto la legitimidad que les damos, ni ningún valor en el dinero excepto el que hemos aceptado otorgarle, entre otros ejemplos. En ese sentido la imaginación se manifiesta como una de las herramientas más poderosas de las que disponemos para superar esa sensación generalizada de frustración y desempoderamiento, que nos hacer creer que todos los caminos están cerrados, que el sistema es mas fuerte que todos, y que ya nadie lo puede parar. Está claro que el desafío es muy grande, y que por eso necesitamos soluciones que excedan los límites de lo actualmente posible.

Hay muchas cosas que compartirles, pero, solo agrego que hay reuniones todos los días, entrenamientos y activismo e iniciativas de todo tipo. Sigue siendo un grupo muy pequeño pero activo, que trabaja con la certeza de que las condiciones están dadas para continuar encendiendo esta chispa. En estos espacios la gente está empezando a mirarse a los ojos, a reconocerse, a necesitarse, a salir de las relaciones anónimas e impersonales en las que transcurren nuestros días. Sé que esto suena idealista, de hecho, yo misma tuve la tentación de reducir el tono de mi descripción para que fuera más plausible, más “realista”, más en línea con nuestras bajas expectativas de lo que la vida y el mundo pueden ser. Es difícil trasmitirlo con palabras, y seguro suena raro cuando en nuestros paises esto si acaso aparece en una nota de tres líneas en los periódicos, y cuando incluso acá en nueva York mucha gente ni siquiera sabe lo que pasa en OWS.

De todas formas esto que escribo es solo un punto de vista, pero seguro  coincidimos en que este sistema no solo no es viable, sino que ademas es infame, y en que es legitima la aspiración de generar entre todos estructuras sociales más justas e incluyentes. También coincidiríamos en que el problema es de todos y todos somos parte de la solución. Al fin y al cabo estas ocupaciones son otra de las muchas manifestaciones alrededor del mundo, que empiezan a romper las estructuras del miedo, y a despertar hacia la construcción de un sistema en el que la vida independientemente de la forma que adopte, sea el elemento central.