Fotofrafia por James Bellatine

 

Salí de Uruguay en el año 2000, para irme a vivir a Jerusalén por cinco años más,
y terminar en Nueva York. Un periplo removedor, sin duda, en todo sentido de la palabra:
remoción física y mental. Mi vida en esos años de recrudecimiento del sempiterno conflicto
árabe-israelí me eximieron de toda mirada turística hacia el estado de Israel y su política de
ocupación. Las vueltas de la vida universitaria me trajeron a Estados Unidos, desde donde
escribo estas páginas ahora mismo. Acá también hay un par de guerras, pero se ven por
televisión, codificadas con estética de videojuego en los reportes de Fox News que el almacenero
(aquí le llaman bodeguero) de abajo del edificio donde vivo pasa las veinticuatro horas.
En el 2009 llegó la crisis. Mi madre, conversando un día por teléfono, un día me decía
que yo debía ser “gafe”, porque a cada lado que iba, se armaba quilombo. Recuerdo que el día
que me subí al avión para ir a Israel, Ariel Sharón había ido a la explanada de las mezquitas en
Jerusalén. Al día siguiente —día de mi aterrizaje— comenzó la segunda Intifada, que formaría
parte de mi experiencia cotidiana los siguientes cinco años. Llegado a Nueva York, el gobierno
desastroso de G. W. Bush logró, sin proponérselo, cumplir con el sueño anti-imperialista del
derrumbe del imperio.

Una de las respuestas fue el movimiento Ocupar Wall Street, surgido de una iniciativa
del grupo canadiense Ad-busters, como una forma de trasladar al seno de la sociedad
estadounidense, y en particular a la “barriga del monstruo” (alusión martiana a Nueva York,
que para mi sorpresa estaba bastante extendida entre la gente que participaba del movimiento)
la experiencia de levantamientos populares que se venía dando en Medio Oriente y Europa, y
que también tenía sus antecedentes en las movilizaciones latinoamericanas que marcaron el fin
del apogeo ideológico neoliberal, en particular, el movimiento asambleario argentino, en el que
habían participado algunos de los organizadores de la ocupación del parque Zuccotti en Nueva
York.

La idea no era extraña para mí. Yo ya había participado en las ocupaciones que llevó a
cabo el movimiento estudiantil en Uruguay en el año 1996, y en Israel había tenido oportunidad
de participar en las reuniones de Ta’ayoush, el grupo de cooperación árabe-judío, que si bien se
centraba en la lucha contra la ocupación militar de Palestina por el ejército israelí, había tenido
que acudir a la táctica de la ocupación en algunas ocasiones. Una de ellas fue la ocupación de
la cancha de fútbol de la universidad palestina de Al-Quds, en Jerusalén oriental, para evitar que
el muro que estaba construyendo el gobierno de Israel atravesara el campus universitario. Unas
semanas después de esa acción volví al lugar, para comprobar que el muro se combaba eludiendo
la cancha, y seguía un poco más al norte con la ruta prefijada, para reunirse con el tramo
construido en Samaria.

Las ambigüedades semánticas del término ocupar no estuvieron ajenas al debate del
movimiento Ocupar Wall Street: por ejemplo, los puertorriqueños plantearon la necesidad de
incorporar la retórica de la desocupación en casos de dominación colonialista. Llamaron a las
asambleas en San Juan (Des)ocupa Puerto Rico. Pero más allá del debate sobre los términos
y la semántica, lo que personalmente me llamó la atención fue el hecho de que en esas tres
diferentes experiencias políticas en las que había participado con tantos quilómetros de distancia
alrededor del mundo (Uruguay, Israel, Estados Unidos) existían ciertos denominadores comunes:
la toma de decisiones por consenso en una dinámica asamblearia, la búsqueda de mecanismos
de participación política horizontales o el aprovechamiento de medios de comunicación
alternativos, como radios comunitarias o las redes sociales de internet.

En este sentido, importa constatar la importancia creciente que estos medios han
tenido. Cuando participé en la ocupación del IPA en el año 96, nuestra estrategia se basó en
montar una radio comunitaria con una antena en el techo del edificio. Las posibilidades de
alcance eran modestas en ese entonces. Internet, por aquella época, estaba en pañales. Pero a lo
largo de los años, la expansión del acceso, la ubicuidad de las redes p2p y el advenimiento de la
web 2.0 hicieron que el potencial político de estas nuevas maneras de comunicación comenzara a
ser aprovechado cada vez más por los movimientos sociales. En ese sentido, Ocupar Wall Street
viene generando una serie de experimentos de participación política horizontales en línea,
siguiendo modalidades de trabajo y procesos de toma de decisión provenientes de los métodos de
elaboración del software libre, donde la comunidad de usuarios puede acceder al código fuente
de los programas informáticos, testearlo, desarrollarlo y contribuir mejoras a su funcionamiento.
En ese sentido, el foro de la Asamblea General de Nueva York (http://nycga.net), basado en la
plataforma abierta de BuddyPress, es un ejemplo, entre otros, de puesta en práctica de esta
filosofía, y funciona como plataforma permanente de debate tanto de la asamblea general como
de los grupos de trabajo.

En el conjunto del movimiento, existen unos ciento veinte grupos de trabajo que se
focalizan en diversas tareas, desde asuntos operativos, como acciones directas u organización
de eventos, así como de la cocina o la infraestructura informática y mediática, hasta proyectos
de debate sobre alternativas al neoliberalismo: grupos de trabajo sobre economías alternativas
(“Like it or not, Marx is back”), contra los desalojos de los hogares (una de las caras más tristes
y visibles en la actual crisis estadounidense), temas educativos (creación de una “universidad
nómade”, la iniciativa contra el endeudamiento universitario y por el libre acceso a la
educación, etc.). Existe también un espacio para la comunidad hispana neoyorquina, puente
a su vez hacia la realidad latinoamericana y el movimiento de indignados en España: http://
owsenespanol.nycga.net.

Si bien una de las críticas que más han sonado sobre este movimiento ha sido su falta de
demandas concretas, para los que venimos participando en la asamblea general y los grupos de
trabajo está muy claro que se trata menos de demandar que de poner en práctica alternativas de
discusión política y de comunicación que tienen la ventaja de impedir toda cristalización pasible
de ser cooptada por los poderes estatales. Si bien se han propuesto demandas específicas (como
la reivindicación de un programa laboral público, “Trabajo para todos”, a ser financiado por
medio de una redistribución fiscal que apunte a romper con el ciclo de acumulación del capital,
y que no tenga en cuenta el estatus migratorio ni el pasado penal de los beneficiarios), no es la
finalidad del movimiento presentar demandas a un gobierno que se ha mostrado poco efectivo en
llevarlas a cabo (de allí la gran decepción con las promesas electorales de Obama), sino más bien
de transformar por la vía de los hechos la esfera pública, haciendo que cambien por completo los
términos del debate político tal como se venía dando hasta el momento.