El voto partidario no tiene ninguna trascendencia en cuanto a los problemas urgentes que nos afectan. Es un ritual ilusorio de participación que deja sin voz a un segmento enorme de la comunidad inmigrante ya que al indocumentado se le niega el derecho al voto. Cuatro años es una larga espera para poder lidiar con reformas migratorias, de educación, salud, vivienda, empleo o con leyes discriminatorias. Hay que hacernos sentir fuera de la papeleta electoral. El electoralismo no debe desinflar nuestro proceso o nuestra urgencia por soluciones.

La indignación ante el mal gobierno es el arma más poderosa que tienen nuestros pueblos y nos confronta con la responsabilidad de actuar. Como producto de esta indignación, hace un año tomamos la Plaza Zuccotti en el bajo Manhattan. Allí nos mezclamos grupos de distintas ideologías políticas, razas, idiomas, inclinaciones sexuales, clases, niveles educativos y estatus migratorio. La plaza fue un espacio para intercambiar preguntas, posibles soluciones y establecer conexiones entre nuestros problemas. Esta interacción existe más allá de nuestra presencia en la plaza o las calles, comenzó mucho antes del 17 de septiembre de 2011 y continuará existiendo y en cualquier parte del mundo donde existan personas que defendamos nuestro derecho de vivir dignamente.

El sistema financiero global no ha cambiado y no podemos pensar que la ocupación de una plaza pública fuera como arte de magia a corregir todos los achaques de una sociedad a la merced de banqueros, inversionistas y políticos serviles. Sin embargo, la experiencia dejó claro que la política está en otro lado muy diferente al que propone la farsa electoral. En la plaza nos dimos cuenta que el verdadero acto político se ejerce en el día a día: en la convivencia con el otro, en el arte, en la palabra, en nuestras relaciones amorosas y familiares, en el trabajo, en lo que consumimos, en cómo nos alimentamos, en fin, en los actos más cotidianos de nuestra vida.

Cuando vecinos resisten los abusos de un casero; cuando colegas se organizan para exigir mejores condiciones de trabajos; cuando apoyamos la producción de alimentos locales; o somos consumidores conscientes, estamos haciendo política. Al darnos cuenta que no estamos aislados, apreciamos con nuevos ojos nuestras relaciones más cotidianas. Proteger y sanar nuestras comunidades es un gesto político en sí mismo capaz de desafiar un sistema que se sostiene segregándonos. Lo que nos queda es radicalizar esta cotidianidad, resistir a la falta de alternativas y abrir nichos para combatir el silencio y el conformismo. Hacer de nuestra política una realidad habitable.

 

Texto publicado como parte de un boletín especial de IndigNación hecho en conmemoración del aniversario de Occupy Wall Street el 17 de septiembre.